La genética permitió a los perros estar a nuestro lado

Hace miles de años comenzó a escribirse la historia entre el hombre y el perro. A partir de la época en que nuestros antepasados observaban a los primitivos lobos con recelo y temor, cientos de eventos a nivel genético han permitido que Fido, Huesos o Manchas descansen plácidamente en lo sillones de nuestra sala.

El proceso de domesticación requirió la alineación de varios factores que fueron evolucionando con el tiempo. Raúl Valadez Azúa, biólogo de la UNAM, en su libro La Domesticación Animal, señala que las especies animales que conviven junto al ser humano debieron reunir algunos de los siguientes requisitos: mantener contacto constante entre sí; tener flexibilidad alimentaria; presentar una disminución tanto en los niveles de estrés como en la producción de adrenalina y en sus necesidades territoriales; presentar un tamaño que facilitara su manipulación, y ante todo, tener una gran capacidad de aprendizaje.

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Si pensaron lo mismos que nosotros… ¡acertaron! El perro ha cumplido con estas condiciones desde que el lobo tuvo sus primeros acercamientos con nuestros antepasados, ya que el perro combinó a la perfección las características arriba mencionadas.

Iniciado el proceso de domesticación, una parte de la genética canina se amoldó progresivamente a las necesidades del hombre. La apariencia de lobo fue sustituida poco a poco por la del perro casero, con fauces menos amenazadoras, menor talla y el desarrollo de un comportamiento dócil.

Nosotros también pusimos de nuestra parte, ya que fomentamos que los perros tuvieran ciertos rasgos físicos, de acuerdo a su función zootécnica: cacería, pastoreo, guardia o compañía. Por ello, seleccionamos a los perros con las particularidades que más se adaptaron a nuestros intereses.

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